Un día me dió por mirar la fecha del carnet de conducir y me di cuenta que hace más -mucho más- de veinticinco años que aprobé el permiso importante, "el de moto", el A (en aquella época, A2). Así que me propuse dar un poco la brasa y contaros manías y anécdotas que me han ocurrido durante este tiempo. ¿Hasta cuando? No lo sé, según me vaya acordando (algo difícil con este cerebro cada día más reblandecido que tengo), según me vayan ocurriendo... o cuando digáis basta.
110- Con el 'A de Rubí' en el bolsillo...
Hoy, justo hoy 14 de mayo pero de 1986, conseguí aprobar el permiso de conducción 'importante', el de moto. Cuarenta añazos con el carnet, primero en cartón rosa, luego en tarjeta, actualmente en el teléfono móvil. Cuarenta años pudiendo legalmente conducir motocicletas por vías públicas. Desde entonces decenas de manillares han pasado por mis manos, un número muy amplio de motos japonesas, europeas y americanas... con un recuerdo especial a las españolas que por un tiempo me hicieron sentir piloto.
Mientras el profesor me explicaba lo (mal) que lo estaba haciendo el sufridor de ese momento, le pregunté que cuándo iba a salir yo, pues ya le había comentado que iba mal de tiempo: de mensajero, si no haces viajes, no cobras. Y mientras que el examinado tiraba los dos palos en la frenada, me dio un golpecito en la espalda y me dijo: 'ya, te toca ya'.
La verdad, no tuve tiempo ni de ponerme nervioso. Me puse el casco, subí a la Vespa, arranqué (a palanca, como Dios manda), metí primera, solté el embrague bien, hice los conos, subí al tablón mirando la salida y no la entrada como me enseñó (y que luego bien me vino haciendo off-road), aceleré, metí segunda, frené y tiré el primer palo... con el guardabarros bajo el segundo. Lo bueno es que también me explicó mi profesor que la suspensión de la Vespa se quedaba hundida si seguías apretando el freno, sin soltar, por lo que me quedé ahí hasta que el examinador hizo un gesto de 'bueno, vale'. Estiré mis largas piernas, empujé hacia atrás la (para mí) pequeña Vespa Primavera con la rueda delantera bloqueada y solté con tranquilidad el freno: estaba aprobado.
Cuando volví hacia Valencia estaba contento, sabía que un mundo nuevo se abría ante mí... no me imaginaba cuánto. Soñé con motos, viajes, carreras, con odiseas que sólo un joven puede pensar. Algunas las he hecho, otras muchas, muchísimas, no. Pero ahí está mi permiso A, correctamente actualizado, que me permite seguir pudiendo soñarlas y, por qué no, hacerlas. No será por otros cuarenta años más, pero espero que sea yo el que decida cuando dejarlo... que tengo claro no será ahora.








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